Defensa del hombre gris – Horacio Bernardo

Publicado en Revista Caras y Caretas. Mayo 2011.

Toda exclusión social está compuesta, al menos, de tres elementos: personas excluidas, sufrimiento percibido a raíz de la exclusión, y la posibilidad de realizar acciones concretas desde el cuerpo social para revertir o compensar dicho sufrimiento. Preguntar filosóficamente sobre quiénes son los excluidos se hace relevante porque, más allá de los asuntos políticos coyunturales, es necesario reflexionar y detectar, desde el fundamento vivencial, cuáles son las personas y padecimientos concretos sobre los que es necesario tomar alguna acción.

En el imaginario social, cuando se habla de exclusión social se piensa en una noción muy parcial, asociándola erróneamente con casi un único concepto: el de miseria. Así, el excluido pasa a ser únicamente el indigente, el individuo que no accede a servicios básicos, no tiene condiciones sanitarias mínimas o está por debajo de la línea de pobreza. Ese imaginario ha de ser cuestionado para poder esbozar un estudio desde otra perspectiva. Para ello ha de partirse por preguntar cuáles son los modos en los que una sociedad puede incluir a un individuo o un conjunto de ellos, para visualizar, por contraposición, de qué modos puede excluirlos. Los modos de inclusión pueden ser, al menos, dos: la inclusión material y la inclusión discursiva.

Una sociedad incluye materialmente a uno o más individuos, cuando les otorga la posibilidad de vivir en el espacio físico de dicha sociedad, insertarse al aparato productivo-laboral y tener acceso a las instituciones (salud, educación, etc.). Por contrario, la exclusión material opera cuanto más elementos de los señalados se les sean negados.

Por otra parte, una sociedad incluye discursivamente a uno o más individuos cuando construye un discurso público en torno a él o ellos, un relato, un conjunto de noticias, motivos de orgullo, de alarma o preocupación etc. Por contrario, los excluye discursivamente cuando estos elementos son nulos o casi inexistentes, operando una difuminación de esa clase de personas (anonimato, desconocimiento)

A la luz de estos dos conceptos, el de exclusión material y discursiva, podremos comenzar a comprender quiénes son los excluidos en una sociedad como la nuestra, a través de dos tipos de excluidos, a los que llamaré el hombre marginal y el hombre gris.

El hombre marginal

El hombre marginal es el tipo de individuo que padece, en mayor o menor medida, la exclusión material. Así, ese estar “al margen” es un estar casi afuera del cuerpo social. Dicha exclusión es física, pues lo lleva a vivir a las periferias de las ciudades. Es laboral, pues sus condiciones socio-culturales le permiten acceder solamente a trabajos de escasísimo valor, cuando no lo excluyen totalmente del sistema productivo. Y es institucional, pues las condiciones antes señaladas los ponen lejos de las posibilidades de acceso institucional efectivo.

Pero mientras el hombre marginal es excluido materialmente, algo lo salva de la exclusión total, ya que es incluido discursivamente. Así, al mismo tiempo que lo segrega, el cuerpo social construye una serie de discursos (gubernamentales, económicos, sociales) que lo vuelve a traer al tapete en forma de lo que se habla, defiende o debate acerca de dicho tipo de hombre. Temas como la seguridad pública o las necesidades básicas insatisfechas pasan a formar parte del universo de la actualidad. Desde la vivencia social cotidiana, constituye dos grandes tipos de discursos: el del terror y el de la caridad. Terror porque desde la óptica interna a la sociedad, el hombre marginal aparece como aquel que puede atacar, robar, o aquel en quien cualquiera de los miembros puede llegar a convertirse si no cumple con las pautas sociales mínimas establecidas. Caridad, por contrario, porque el discurso abarca la conciencia de que esos individuos deberían poder ser incluidos, debiéndosele compensar económica y moralmente. En esta dualidad terror-caridad, se resuelve entonces dos cuestiones: se toma conciencia de la problemática marginal y, adicionalmente, se solicitan o instrumentan políticas basadas en la situación de emergencia social. Así, de la exclusión material, pasando por la inclusión discursiva, la sociedad intenta compensar el sufrimiento que genera.

El hombre gris

El hombre gris encarna el segundo modo de exclusión, mucho más sutil que el anterior. El hombre gris es el individuo o conjunto de individuos que, sin padecer la exclusión material, padecen la exclusión discursiva. Son personas anónimas, insertas y funcionales al cuerpo social, que acceden más o menos de forma adecuada a una vivienda, a puestos de trabajo y a las instituciones. El hombre gris es el conjunto de hombres y mujeres que no sobresalen ni por bien, ni por mal, no son ricos ni muy pobres, no poseen gran poder ni cualidades sobresalientes, ni generan disturbios, reclamos ni problemáticas de gran magnitud. Incluidos en el cuerpo social, su exclusión es discursiva porque, o bien no se dice nada de ellos, o bien lo que se dice es únicamente humillante, de modo tal que nadie es capaz de reconocerse vivencialmente en ese discurso y propiciar reclamos sociales a partir de él.

En la historia de la filosofía reciente, existen referencias análogas a este tipo de hombre. Así, será “el hombre mediocre” para J. Ingenieros, o “el hombre masa” para J. Ortega y Gasset, o el que tiene “miedo a la libertad” según E. Fromm, o el hombre reprimido, unidimensional, consumista, en otros planteos intelectuales de los años 60.  En el discurso coloquial actual, se le aplicarán dos conceptos negativos adicionales: cobardía y fracaso. A partir de estas afirmaciones, procederá la más silenciosa de las exclusiones sociales, en las que participará el propio excluido.

Sucede entonces una paradoja, ya que mientras es muy fácil afirmar la existencia de hombres y mujeres grises en nuestra sociedad, será muy difícil encontrar quien sea capaz de decir “yo soy un hombre gris” o “yo soy una mujer gris” y expresar su sufrimiento a partir de su condición, ya que todo lo que rodea ese rótulo roza lo indigno. Detrás de ese silencio o negación de sí, el hombre gris queda excluido del discurso público pues no hay un cuerpo de individuos que pueda ejercer reclamo alguno ni instituciones (gobierno, sociedad) que los visualicen. Esta exclusión aparece en la vivencia cotidiana a través de la dupla culpa-culpabilización, porque o bien el individuo admite ser un hombre gris, siente culpa por ello y se llama al silencio, o bien lo niega y culpabiliza a los otros. Los hombres grises abundan en la sociedad pero nadie sabe quiénes son. De ese modo, sucede algo desolador: existe un conjunto enorme de personas que no tienen discurso público que los represente ni apoye, y sus sufrimientos, padecimientos o tragedias cotidianas no entran ni pueden entrar en la agenda de problemáticas sociales. Así, mientras para la situación del hombre marginal hay una búsqueda compensatoria de soluciones, el hombre gris queda sumido en el más profundo de los desamparos. Su padecimiento social (rutina, ausencia de sentido, economía mínima, frustración, etc.) sólo puede ser resuelto en la órbita de lo médico, lo psicológico, lo individual, mientras que la sociedad asiste a la difuminación de estas personas que no es capaz de ver ni escuchar, cuando, en definitiva y desde sus puestos anónimos, son los que sostienen el mismo orden social que los desprecia y excluye.

 

Fuente: https://www.horaciobernardo.com/defensa-del-hombre-gris

 

Compartió: Viviana Rodriguez – https://www.facebook.com/vivianarodriguez.YoSoyTu

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